EFESIOS 1:12-14 NTV
12 El propósito de Dios fue que nosotros, los judíos —que fuimos los primeros en confiar en Cristo—, diéramos gloria y alabanza a Dios.
13 Y ahora ustedes, los gentiles, también han oído la verdad, la Buena Noticia de que Dios los salva. Además, cuando creyeron en Cristo, Dios los identificó como suyos al darles el Espíritu Santo, el cual había prometido tiempo atrás.
14 El Espíritu es la garantía que tenemos de parte de Dios de que nos dará la herencia que nos prometió y de que nos ha comprado para que seamos su pueblo. Dios hizo todo esto para que nosotros le diéramos gloria y alabanza.
Estimado lector
A lo largo de la historia, la humanidad ha buscado seguridad en las posesiones terrenales, las promesas humanas o los planes propios. Sin embargo, en esta porción bíblica se revela que la verdadera y definitiva seguridad proviene directamente de Dios. Al escuchar la palabra de verdad —el evangelio de la salvación— y al depositar la fe en Jesucristo, el creyente es integrado al propósito eterno de Dios, siendo marcado de una manera imborrable.
Esa marca es el Espíritu Santo, a quien Dios da como sello y garantía. En los tiempos bíblicos, el sello de un rey sobre un documento o propiedad indicaba dos cosas fundamentales: autenticidad y propiedad. De la misma manera, el Espíritu Santo en la vida del creyente es la prueba de que le pertenece a Dios y la garantía absoluta de la herencia eterna que le espera. Nada en este mundo puede arrebatar esa seguridad, pues ha sido comprada con el precio supremo de la redención.
El diseño de Dios no es una casualidad ni un plan improvisado. Cada paso de la salvación, desde la promesa hasta la adopción, responde a Su soberana voluntad y tiene un propósito supremo: que la vida de cada creyente sea un reflejo vivo para la gloria y alabanza de Dios.
¿De qué manera el saber que Dios te ha marcado con el Espíritu Santo como garantía de su herencia eterna cambia la forma en la que enfrentas las incertidumbres y angustias de su vida diaria?
Lleva la Palabra a tu día
Pregúntale al Señor cómo puedes vivir esto hoy: en tu trabajo, en tu familia, en tu forma de servir y amar.